Dunstan, Arzobispo de Cantórbery, 988 (19 de mayo)

Durante el siglo IX, bajo el rey Alfredo el Grande, Inglaterra había logrado recuperarse considerablemente de las invasiones de los vikingos en los aspectos militares, políticos y culturales, e incluso algo en el campo eclesiástico. Pero no hubo renacimiento del monacato sino hasta el siguiente siglo. Aquí destacó la figura de Dunstan. Dunstan nació hacia del año 909 de una familia que tenía conexiones reales. Se hizo monje, y en 943 llegó a ser abad de Glastonbury. Durante un destierro político de un año en Flandes, se encontró con las corrientes vigorosas del renacimiento monástico benedictino. El rey Edgardo mandó volver a Dunstan a Inglaterra en 957, lo consagró obispo de Worcester, luego de Londres, y en 960, lo elevó al arzobispado de Cantórbery.

Junto con sus antiguos alumnos, los obispos Aethelwold de Winchester y Oswaldo de Worcester (más tarde de York), Dunstan fue un líder de la Iglesia inglesa. Los tres han sido llamados “contemplativos en acción”: llevaron los frutos de la vida monástica de oración a los intereses inmediatos de la Iglesia y del Estado. Intentaron lograr mejor educación y disciplina entre el clero, terminar con los beneficios que disfrutaban en la Iglesia las familias hacendadas, restaurar antiguos monasterios y fundar nuevos, reavivar la vida monástica para las mujeres y promover un culto litúrgico más elaborado y mejor ordenado.

Este movimiento reformador se promulgó en el “Acuerdo monacal”, un código común para los monasterios ingleses redactado por Aetholwold hacia el año 970, bajo la inspiración decisiva de Dunstan. Se rogaba por la intercesión continua de la casa real, y se enfatizaban las relaciones estrechas entre los monasterios y la corona. Esta alianza cercana entre la Iglesia y el Estado, sacramentalizada por la unción del rey, se expresó litúrgicamente en la primera ceremonia inglesa de coronación de la cual se conserva un texto completo, recopilado para el rey Edgardo por Dunstan y sus asociados.

Los efectos duraderos de esta reforma del siglo X dieron fruto en el desarrollo de dos instituciones sumamente inglesas: la “catedral monástica” y los “obispos monjes”. Dunstan tiene la fama de ser un experto artesano. Se asocia su nombre especialmente al labrado de metales y a la fundición de campanas y se le considera como el santo patrón de estas artesanías.

Oh Dios de verdad y belleza, que dotaste generosamente a tu obispo Dunstan con aptitud para la música y para labrar metales, y con talento administrador y celo reformador, te rogamos nos enseñes a ver en ti la fuente de todo talento, y ayúdanos a ponerlos al servicio del culto y promoción de la verdadera religión; por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Lecturas: Salmo 57:6–11; Job 1:6–8; Efesios 5:15–20; Mateo 24:42–47

Job 1:6-8

6 Hubo un día cuando los hijos de Dios vinieron a presentarse delante del Señor, y Satanás vino también entre ellos. 7 Y el Señor dijo a Satanás: ¿De dónde vienes? Entonces Satanás respondió al Señor, y dijo: De recorrer la tierra y de andar por ella. 8 Y el Señor dijo a Satanás: ¿Te has fijado en mi siervo Job? Porque no hay ninguno como él sobre la tierra, hombre intachable y recto, temeroso de Dios y apartado del mal.

Efesios 5:15-20

15 Por tanto, tened cuidado[a] cómo andáis; no como insensatos, sino como sabios, 16 aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. 17 Así pues, no seáis necios, sino entended cuál es la voluntad del Señor. 18 Y no os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución, sino sed llenos del Espíritu, 19 hablando entre vosotros con salmos, himnos y cantos espirituales, cantando y alabando con vuestro corazón al Señor; 20 dando siempre gracias por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a Dios, el Padre.

Mateo 24:42-47

42 Por tanto, velad, porque no sabéis en qué día vuestro Señor viene. 43 Pero comprended esto: si el dueño de la casa hubiera sabido a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, hubiera estado alerta y no hubiera permitido que entrara en su casa. 44 Por eso, también vosotros estad preparados, porque a la hora que no pensáis vendrá el Hijo del Hombre.

Parábola del siervo fiel y del infiel

45 ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente a quien su señor puso sobre los de su casa para que les diera la comida a su tiempo? 46 Dichoso aquel siervo a quien, cuando su señor venga, lo encuentre haciendo así. 47 De cierto os digo que lo pondrá sobre todos sus bienes.

Santos Felipe y Santiago, apóstoles, 1 de mayo

Los dos apóstoles conmemorados hoy se encuentran entre aquellos de los que poco se sabe, excepto por lo que de ellos nos dicen los evangelios. A Santiago el Menor se le llama así para diferenciarlo de Santiago el hijo de Zebedeo y de Santiago “el hermano del Señor”, o quizás para indicar juventud o baja estatura. Lo conocemos por medio de la lista de los Doce, donde es conocido como Santiago el hijo de Alfeo. Es posible que también sea la persona que en el evangelio de Marcos tiene el nombre de Santiago el Menor, quien, con su madre María y con las otras mujeres, observaba la crucifixión desde lejos.

Felipe se encuentra en varios sucesos importantes del ministerio de Jesús referidos en el evangelio de Juan. Ahí leemos que Jesús llamó a Felipe poco después de haber llamado a Andrés y a Pedro. Felipe, a su vez, encontró a Natanael y le convenció de que fuera a ver a Jesús, el Mesías. Más tarde, cuando Jesús vio la muchedumbre hambrienta, preguntó a Felipe: “¿Dónde vamos a comprar comida para toda esta gente?” (Juan 6:5). La respuesta práctica de Felipe: “Ni siquiera doscientos denarios de pan bastarían para que cada uno recibiera un poco” (Juan 6:7), fue el preludio para dar de comer a la muchedumbre con los panes y los pescados. Más tarde, en el evangelio de Juan unos griegos se acercaron a Felipe pidiéndole ver a Jesús. En la Última Cena, la petición de Felipe: “Señor, muéstranos al Padre, y nos basta”, evoca la respuesta: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Juan 14:8,9).

Dios todopoderoso, que diste a los apóstoles Felipe y Santiago la gracia y la fortaleza de dar testimonio de la verdad, concédenos que, recordando su victoria de fe, glorifiquemos en la vida y en la muerte el nombre de nuestro Señor Jesucristo; que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén

Lecturas: Salmo 119:33–40; Isaías 30:18–21; 2 Corintios 4:1–1–6; Juan 14:6–14

Juan 14:6-14

6 Jesús le dijo*: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí. 7 Si me hubierais conocido, también hubierais conocido a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto. 8 Felipe le dijo*: Señor, muéstranos al Padre, y nos basta. 9 Jesús le dijo*: ¿Tanto tiempo he estado con vosotros, y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? 10 ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí es el que hace las[a] obras. 11 Creedme que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas. 12 En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores que éstas hará, porque yo voy al Padre. 13 Y todo lo que pidáis en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. 14 Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.

Juan y Carlos Wesley, Sacerdotes, 1791, 1788

Juan era el decimoquinto y Carlos el decimoctavo hijo de Samuel Wesley, rector de
Epworth, Lincolnshire. Juan nació el 17 de junio de 1703 y Carlos el 18 de diciembre de
1707.

Las vidas y suertes de los dos hermanos estuvieron estrechamente entrelazadas. Como fundadores y líderes del “Metodismo” o avivamiento evangélico en la Inglaterra del siglo XVIII, su influencia continúa redundando en todo el mundo y se manifiesta en muchas iglesias.

Aunque los escritos teológicos y los sermones todavía se consideran de gran valor, son
los himnos, –especialmente los de Carlos, que compuso más de seis mil–, los que
manifiestan su experiencia religiosa, su fe y vida cristianas, y siguen influyendo en
muchos corazones. Los dos hermanos estaban profundamente allegados a la doctrina y al culto de la Iglesia Anglicana. Ningún abuso ni oposición a su causa y métodos pudo quebrantar la confianza y el amor que tenían a la Iglesia.

Los dos Wesley se educaron en el colegio Christ Church de la Universidad de Oxford.
Allí fue donde reunieron a unos amigos para formar con ellos una adherencia estricta al
culto y a la disciplina del Libro de Oración, y así recibieron el nombre de “metodistas”.
Juan recibió la ordenación en 1728 y Carlos en 1735.

Los dos hermanos fueron juntos a Georgia en 1735, Juan como misionero de la Sociedad para la Propagación del Evangelio, y Carlos como secretario de Jaime Oglethorpe, el gobernador.

Poco después de regresar a Inglaterra, los dos experimentaron una conversión interna, Carlos el 21 de mayo de 1738, y Juan el 24, en una reunión en la calle Aldersgate con un grupo de moravos, durante la lectura del Prefacio a la “Epístola a los romanos” de Lutero. Juan escribió: “Sentí el corazón misteriosamente caliente. Sentía que confiaba en Cristo, sólo en Cristo, para mi salvación; y se me dio la seguridad de que [Cristo] me había perdonado los pecados, sí, hasta los míos, y me había rescatado de la ley del pecado y de la muerte”. Así nació el avivamiento espiritual.

El cisma ulterior del metodismo de la Iglesia Anglicana ocurrió después de la muerte de
los dos hermanos, –la de Carlos el 29 de marzo de 1788, y la de Juan el 2 de Marzo
de1791–, pero las ordenaciones no canónicas de los “ancianos” realizadas por Juan para América (fuertemente opuesto por Carlos) sin duda fueron la base del cisma.

Señor Dios, que inspiraste a tus siervos Juan y Carlos Wesley con celo ardiente por la
santificación de las almas, y los dotaste de elocuencia en la predicación y en el canto: Te suplicamos que enciendas en la Iglesia tal fervor que aquellos cuya fe se ha enfriado se avive, y aquellos que no han conocido a Cristo se acerquen a él y sean salvos; que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Salmo 103:1–4,13–18; Isaías 49:5–6; Romanos 12:11–17; Lucas 9:2–6

Romanos 12:11-17

11 no seáis perezosos en lo que requiere diligencia; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor, 12 gozándoos en la esperanza, perseverando en el sufrimiento, dedicados a la oración, 13 contribuyendo para las necesidades de los santos, practicando[a] la hospitalidad. 14 Bendecid a los que os[b] persiguen; bendecid, y no maldigáis. 15 Gozaos con los que se gozan y llorad con los que lloran. 16 Tened el mismo sentir[c] unos con otros; no seáis altivos en vuestro pensar, sino condescendiendo con los humildes[d]. No seáis sabios en vuestra propia opinión. 17 Nunca paguéis a nadie mal por mal. Respetad[e] lo bueno delante de todos los hombres.

Lucas 9:2-6

2 Y los envió a proclamar el reino de Dios y a sanar a los enfermos. 3 Y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja[a], ni pan, ni dinero; ni tengáis dos túnicas cada uno. 4 En cualquier casa donde entréis, quedaos allí, y sea de allí vuestra salida. 5 Y en cuanto a los que no os reciban, al salir de esa ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos. 6 Entonces salieron, e iban por las aldeas anunciando el evangelio y sanando por todas partes.

Samuel Seabury, 14 de noviembre

Samuel Seabury, el primer obispo estadounidense, 1796

Samuel Seabury, el primer obispo de la Iglesia Episcopal, nació el 30 de noviembre de 1729 en Groton, Connecticut. Después de ordenado en Inglaterra en 1753 se le destinó, en función de misionero de la Sociedad para la Propagación del Evangelio, a la iglesia de en Nueva Brunswick, Nueva Jersey. En l757 fue elegido rector de la iglesia de la Gracia, en Jamaica, Long Island, y en 1766 rector de la iglesia de San Pedro en el condado de Westchester. Durante la revolución americana permaneció leal a la corona británica, y sirvió de capellán del ejército británico.

Después de la revolución, una reunión secreta de clérigos celebrada el 25 de marzo de 1783 en Woodbury nombraron a Seabury o al reverendo Jeremías Leaming, a cualquiera de los dos que estuviera dispuesto y aceptara, para conseguir la consagración episcopal en Inglaterra. Leaming renunció; Seabury aceptó y viajó a Inglaterra.

Después de un año de negociaciones Seabury no pudo recibir la ordenación episcopal por parte de la Iglesia de Inglaterra, pues siendo ciudadano americano, no podía prestar juramento de fidelidad a la corona. Entonces se digirió a los obispos de la Iglesia Episcopal de Escocia. El 14 de noviembre de 1784, en presencia del clero y de seglares, fue consagrado por el obispo del lugar y el coadjutor de Aberdeen y el obispo de Ross y Caithness.

A su regreso, Seabury fue reconocido obispo de Connecticut en la convocación del 3 de agosto de 1785 en Middletown. Trabajó con el obispo Guillermo White en la organización de la Iglesia Episcopal en la Convención General de 1789. Con el apoyo de Guillermo Smith de Maryland, de Guillermo Smith de Rhode Island, de Guillermo White de Pennsylvania, y de Samuel Parker de Boston, Seabury cumplió la promesa hecha a los obispos escoceses en un concordato de convencer a la Iglesia americana de adoptar una forma escocesa de celebración de la santa Eucaristía.

En l790 Seabury adquirió la responsabilidad de la supervisión episcopal de las iglesias de Rhode Island; y en la Convención General de 1792 participó en la primera consagración de un obispo en tierra americana, la de Juan Claggett de Maryland. Seabury murió el 25 de febrero de 1796 y recibió sepultura en la iglesia de Santiago, en Nueva Londres.

Eterno Dios, que bendijiste a tu siervo Samuel Seabury con el don de la perseverancia para renovar la herencia anglicana en América del Norte: Concede que, juntos en unidad con nuestros obispos y alimentados de tus santos Sacramentos, podamos anunciar con celo apostólico el Evangelio de la redención; mediante Jesucristo, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Lecturas: Salmo 133, Isaías 63:7–9, Hechos 20:28–32, Mateo 9:35–38

Mateo 9:35-38

Ministerio de Jesús

35 Y Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. 36 Y viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. 37 Entonces dijo* a sus discípulos: La mies es mucha, pero los obreros pocos. 38 Por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.

Teresa de Ávila, 15 de octubre

Teresa de Ávila, Monja, 1582

Teresa nació en Ávila. Desde la infancia le gustaba leer las vidas de los santos y se
deleitaba dedicando tiempo a la contemplación, repitiendo muchas veces: “Para siempre, para siempre, para siempre, para siempre, verán a Dios”.

Teresa cuenta en la autobiografía que a la muerte de su madre se volvió mundana. Para
superar esa tendencia su padre la colocó en un convento agustiniano para recibir
formación, pero una enfermedad seria le impidió continuar los estudios. Durante la
convalecencia Teresa determinó entregarse a la vida religiosa, y, aunque el padre se
oponía, entró de postulante en un convento carmelitano. De nuevo, la enfermedad la
obligó a volver a casa. Después de tres años regresó al convento.

La vida fácil de la regla “mitigada” carmelitana la distrajo de la vida ordinaria de oración.
Recurrió a dos grandes penitentes, Agustín de Hipona y María Magdalena, y se hizo cada
vez más meditativa. Empezó a tener visiones y, no sabiendo si eran de Dios o del diablo,
luchó por rechazarlas.

Teresa se propuso establecer una Orden carmelitana de religiosos “descalzos” que
calzaban sandalias. A pesar de muchos contratiempos viajó durante veinticinco años por
toda España. Enérgica, práctica, eficiente, además de mística y asceta, fundó 17
conventos de carmelitas reformadas. No tenía miedo ni a la cárcel.

A pesar de las exigencias administrativas y misioneras, Teresa halló tiempo para escribir
muchas cartas que nos informan sobre su personalidad y preocupaciones. Se nos
manifiesta como una organizadora práctica, una escritora de talento natural, una amiga
calurosa y entregada, y, sobre todo, una amante del Dios amoroso.
Después de dos años de enfermedad tuvo una muerte pacífica; recibió el sacramento de la eucaristía ofrecido para su consuelo. Sus últimas palabras: “¡Oh mi Señor! Es hora de
que nos veamos”.

Oh Dios, que por el Espíritu Santo inspiraste a Teresa de Ávila a manifestar a la Iglesia el camino de perfección, te rogamos nos concedas ser alimentados por su excelente doctrina e inflamados con inapagables ansias de verdadera santidad; por Jesucristo, la alegría de los corazones amorosos, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Salmo 42:1–7; Cantar de los Cantares 4:12–16; Romanos 8:22–27; Mateo 5:13–16

San Santiago de Jerusalén, 23 de octubre

San Santiago de Jerusalén, Hermano de nuestro Señor Jesucristo y mártir, c. 62 (23 de octubre)

En el evangelio de Mateo y en la carta a los Gálatas, el Santiago conmemorado hoy es
llamado el hermano del Señor. Otros escritores, siguiendo la tradición de Marcos, creen
que era un primo de Jesús. Ciertas escrituras apócrifas hablan de él como hijo de la
primera esposa de José. Cualquiera que sea la relación que tenía con Jesús – hermano,
medio hermano o primo– Santiago se convirtió después de la resurrección. Con el
tiempo llegó a ser obispo de Jerusalén.

En la primera carta a los Corintos (15:7), Pablo dice que Santiago recibió el favor de una
aparición especial de Jesús antes de la ascensión. Más tarde, Santiago trató cordialmente a Pablo en Jerusalén, cuando éste llegó para reunirse con Pedro y los otros apóstoles.

Durante el concilio de Jerusalén, cuando había desacuerdo sobre si los conversos gentiles tenían que circuncidarse, Santiago resumió una decisión tan trascendental con estas palabras: “Por tanto, pienso que no hay que poner obstáculos a los paganos que se onvierten a Dios” (Hechos 15:19).

Eusebio, al citar una historia de la Iglesia primitiva por Hegesipo, declara que Santiago
tenía el apodo de “el Justo”. Era santo, sobrio, no se cortaba el pelo ni se untaba el
cuerpo de aceite, y pasaba el tiempo hincado en oración, rezando por su gente. “Los que llegaron a creer lo hicieron por medio de Santiago”, dice Hegesipo.

El éxito de convertir Santiago a tantos al cristianismo preocupaba mucho a algunas
facciones de Jerusalén. Según Hegesipo, le rogaban que “frenara a la gente, porque se
iban equivocadamente a Jesús como si fuera el Mesías… sabemos que tú eres justo…
Persuade a la gente para que no se descarríe, confiamos en ti”. Luego colocaron a
Santiago en la parte más alta del templo, rogándole que predicara a la muchedumbre para que abandonara a Jesús. Sin embargo, Santiago dio testimonio del Señor. Por lo tanto, lo tiraron del tejado al suelo y lo mataron a palos.

Concede, oh Dios, que la Iglesia, siguiendo el ejemplo de tu siervo Santiago, el Justo,
hermano de nuestro Señor, se dedique continuamente a la oración y a la reconciliación de todos los que están en desacuerdo y enemistad; por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, uno solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
Salmo

Lecturas; Salmo 1; Hechos 15:12–22a ; 1 Corintios 15:1–11; Mateo 13:54–58
Prefacio de Todos los Santos

San Francisco de Asís (1226), 4 de octubre

Francisco, hijo de un rico mercader de Asís, nació en 1182. Pasó los primeros años de su juventud en inofensivas diversiones y deseos frustrados de lograr gloria militar.

Varios encuentros con mendigos y leprosos aguijonearon la conciencia del joven, que decidió abrazar una vida dedicada a la Dama Pobreza. A pesar de la intensa oposición del padre, Francisco renunció a todos los valores materiales y se entregó al servicio de los pobres. En 1210 el papa Inocencio III confirmó la sencilla regla para la Orden de los Hermanos Menores, un nombre escogido por Francisco para enfatizar el deseo de ser nombrado entre los “menores” siervos de Dios.

La Orden creció rápidamente por toda Europa. Pero en 1221 Francisco había perdido el control de la misma ya que su ideal de pobreza estricta y absoluta, tanto para frailes individuales como para la Orden en general, pareció algo muy difícil de observar. Pasó los últimos días de su vida con mucho sufrimiento de cuerpo y de espíritu, pero nunca perdió su alegría invencible.

No mucho antes de morir, en un retiro en el monte La Verna, Francisco recibió, el 14 de Septiembre, día de la Santa Cruz, las marcas de las heridas del Señor, los estigmas, en manos, pies y costado. El papa Gregorio IX, un antiguo patrocinador de los franciscanos, canonizó a Francisco en 1228 e inició la erección de la gran basílica de Asís donde Francisco fue enterrado.

Francisco es el más popular y admirado de todos los santos, pero probablemente el menos imitado; pocos han llegado a la total identificación con la pobreza y el sufrimiento de Cristo. Francisco escribió poco, pero de lo que dejó, su espíritu de fe alegre se manifiesta con más autenticidad en el “Canto al sol”, que compuso en Las Damas Pobres de San Damiano, el convento de Clara. La versión del himno empieza así:

Altísimo, omnipotente, buen Señor,
Te corresponden alabanzas sin cesar
Y bendiciones sin medida.
Todas las criaturas te den gracias
Y te sirvan con gran humildad.

Altísimo, omnipotente, buen Señor, concede a tu pueblo la gracia de renunciar
alegremente a las vanidades de este mundo, para que, siguiendo el ejemplo del bendito Francisco, nos regocijemos por amor tuyo en toda la creación con perfecto gozo; por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Lecturas: Jeremías 22:13–16, Salmo 148:7–14, Gálatas 6:14–18, Mateo 11:25–30